Charla del P. Ismael Ojeda en el encuentro de madres mónicas en Lima, Perú


5 de agosto de 2009
PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE LA CARIDAD

ORACIÓN PREPARATORIA

Señor Jesús, creemos que estás aquí sacramentalmente presente, con tu divinidad y con tu humanidad glorificada. Te adoramos, te bendecimos.

Gracias, Señor Jesús, por estar en medio de nosotros; tú mismo te has presentado al Padre para que te envíe a estar con nosotros en este santo Sacramento. Al Padre le ha parecido muy bien tu propuesta y te envía constantemente a nosotros, a la Iglesia, al mundo. A través de ti, Señor Jesús, nos dirigimos al Padre para agradecerle este magnífico don, porque ha querido que estés aquí en este templo de la parroquia Nuestra Señora de la Caridad, testimoniándonos constantemente el amor incondicional del Padre que nos da la vida, el pan de cada día, el calor familiar y la fe.

Gracias, Padre de bondad, porque has querido enviarnos a tu Hijo para que esté aquí sacramentalmente presente con nosotros, recordándonos tu amor.

Gracias, Señor Jesús, porque estás a gusto aquí en medio de nosotros, día y noche, y estás como recogiendo nuestras oraciones y toda nuestra vida cristiana, y ofreciéndonos al Padre juntamente contigo como una oblación que le agrada: la alabanza de toda la Iglesia, pues somos tu Cuerpo.

Gracias, Señor Jesús, y gracias, Padre bueno, porque a través de tu Hijo Jesucristo nos das el Espíritu Santo, ese Espíritu derramado en nuestros corazones que es precisamente el que nos descubre el amor del Padre y del Hijo aquí presentes en el santísimo Sacramento.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

Gracias a ti, Santísima Trinidad, por permitirnos estar aquí en este templo compartiendo nuestra fe y las obras que haces en todos y cada uno de nosotros: en particular, estas tus hijas te dan gracias por poder compartir su condición de madres cristianas santa Mónica. Te damos gracias por este encuentro, te lo consagramos, y te damos gracias por lo que nos darás en él. Amén.

Gloria al Padre y al Hijo, y al Espíritu Santo, como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

Infinitamente sea alabado, mi Jesús sacramentado (3 veces)
En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo. Amén.

____________________

Bien, hermanas, con esta oración ya tenemos el permiso del Señor para comenzar el encuentro de esta tarde. Aunque ya las he saludado personalmente en el atrio del templo, al llegar, las saludo de nuevo a todas con cariño y agradecimiento por haber acudido a esta cita. Agradezco particularmente a las personas que han hecho posible esta reunión.

Vamos a comenzar este encuentro haciendo un ejercicio de reflexión personal y compartiendo en grupos las respuestas a las siguientes preguntas:

1.- ¿Qué conozco de las madres Mónicas?
2.- ¿Cómo estoy comprometida con esta Asociación, en este apostolado?
3.- ¿Qué expectativas traigo a esta reunión, qué espero sacar de ella?
4.- ¿Me preocupa la transmisión de la fe a los hijos, a los nietos?
5.- ¿Qué me impresiona más de la vida y ejemplo de santa Mónica?
6.- ¿Qué podríamos hacer nosotras como madres cristianas, a qué nos llama el Señor, cuál es nuestra vocación particular? ¿Qué es lo que más necesitan nuestros hijos, nuestra familia, nuestra Iglesia, y, en fin, nuestro mundo?


CHARLA DESPUÉS DEL COMPARTIR

Concluido este trabajo de grupo, ahora voy a tratar de exponer los orígenes y la espiritualidad de las Madres Cristianas Santa Mónica.

En primer lugar, ¿qué es la Comunidad de Madres Cristianas Santa Mónica?
Es una Asociación de fieles, que nació en la provincia San Nicolás de Tolentino y que se ha extendido a toda la Orden de Agustinos Recoletos. Nuestra Orden tiene como padre y fundador a san Agustín. Y ya de entrada nos encontramos con un hecho incuestionable: san Agustín no se entiende sin su madre santa Mónica, ni ésta se entiende sin su hijo Agustín. Nuestra Orden, por tanto, no nace de un individuo santo, sino de una familia santa. Tal madre para tal hijo, y un tal hijo, fruto del amor de una madre santa. Ambos se santificaron mutuamente en su relación materno-filial, cumpliendo la voluntad de Dios y siendo fieles a su vocación de madre y de hijo. Los dos forman como una unidad inseparable.

Por eso, la Orden siempre ha presentado juntos a san Agustín, como padre y fundador, y a santa Mónica, como modelo de esposas y de madres cristianas que transmiten la vida y la fe a los hijos. De esta manera, los agustinos devolvemos a la Iglesia el carisma que de Dios hemos recibido: el testimonio de una madre santa y de un hijo que se convirtió a la gracia de Dios por las oraciones y ejemplos de santa Mónica. Este patrimonio espiritual lo hemos recibido de Dios a través de la Iglesia y como agustinos queremos devolvérselo a Dios a través de la Iglesia multiplicando ese don, es decir, ayudando a las madres a ser como santa Mónica. De esta manera edificamos el Reino en este mundo y damos gloria a Dios, como agustinos recoletos.

Así en la Iglesia, todo lo que somos y tenemos, lo sentimos como un don recibido que, a su vez lo merecemos precisamente dándolo, ofreciéndolo a los demás, devolviéndolo de manera generosa y responsable. El bien recibido lo convertimos en bien dado, ofrecido a los demás. Por eso, todos en la Iglesia tenemos una vocación única e irrepetible. Santa Mónica recibió la fe como don de Dios a través de sus padres, y ella pasó la fe a sus hijos, y a su hijo Agustín de manera particular. Lo mismo quieren hacer las madres mónicas de manera generosa y responsable, alcanzando así la santidad. Lo mismo quieren hacer ustedes en sus propios hogares, y para eso se han hecho madres mónicas.

Con la Asociación de las Madres Cristinas la Orden, de manera institucional, quiere devolver a la Iglesia el don inestimable de santa Mónica y de su hijo Agustín: ayudando a las madres a ser fieles a su vocación, ayudando a las familias para que sean iglesia doméstica donde habite Dios por el amor de los padres y de los hijos… Para que todo hogar se convierta en antesala del cielo.

Históricamente, la Asociación responde a la inquietud que le presentaban todos los días al P. Lorenzo Infante las madres cristianas de la Parroquia Santa Rita de Madrid. Ya en la década de los ochenta, esas madres sinceramente creyentes veían con dolor cómo sus hijos y sus nietos abandonaban la fe que ellas con tanta solicitud les habían inculcado. Acompañadas espiritualmente por el P. Lorenzo, pideron a Dios luz y gracia para resolver el problema. La solución que encontraron en aquel momento fue el de la oración perseverante y comunitaria por la fe de los hijos. En la parroquia Santa Rita se organizaron los primeros coros de oración: un coro de oración está compuesto por siete madres; la misión es que cada una rece la oración por los hijos todos los días, pero de manera especial el día de la semana que elija libremente; de ahí que sean siete. Se trata de una oración en cadena y perseverante, como saben.

En esta práctica de la oración por la fe de los hijos, las madres cristianas de la Asociación imitan a santa Mónica que rezó día y noche pidiendo hasta con lágrimas que su hijo Agustín no pereciese. Al final, Dios escuchó sus ruegos y Agustín se convirtió a los 32 años y se dedicó totalmente al Señor dejando el mundo y el matrimonio.

La práctica de la oración está recomendada en el evangelio: pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; san Pablo nos recomienda orar sin interrupción y en toda circunstancia dando gracias a Dios.

La oración de intercesión de las madres por la fe de los hijos brota del dolor de la madre creyente que no puede resignarse a que sus hijos pierdan la fe. El ideal de una madre cristiana no acaba con la transmisión de la vida, debe culminar en la transmisión de la fe y su vivencia. Sin la fe todo lo demás es insuficiente. Que los hijos triunfen en la vida es importante, pero una madre verdaderamente cristiana no puede contentarse con eso. Porque entiende que su vocación no acaba hasta que los suyos no conozcan a Dios y vivan de la fe en él. Mientras no consiga esa meta, estará en camino.

Estimadas madres de familia, la Asociación pretende llegar a la mujer, la parte más débil y a la vez más fuerte del hogar. Comenzamos por la madre y esposa porque ella está vitalmente ligada al hogar. El hombre mal que bien puede desentenderse de los suyos. La madre y esposa, muy difícil, porque los hijos son como una prolongación de su mismo ser. ¿Quién mejor que ella conoce a los hijos? ¿Quién mejor que ella puede buscar el bien del hijo? Por tanto, ¿quién mejor que ella puede rezar por los hijos? Y también: ¿a quién va a escuchar Dios mejor que a la madre cuando reza por el hijo? Al fin y al cabo, Dios le ha encomendado el esposo y los hijos para que los cuide en su nombre, para que sea un sacramento de su amor infinito hacia ellos. ¿Cómo no le va a escuchar cuando le pide por los suyos?

Como pueden ver, queridas hermanas, con la Asociación de Madres Cristianas, los agustinos recoletos pretendemos acompañar a las madres para que descubran su maravillosa vocación como esposas y madres en su familia y en la Iglesia. En segundo lugar, queremos ayudarlas a centrarse en su misión de encarnar la ternura y el amor de Dios en el hogar.

Para ello les proponemos no sólo a santa Mónica, sino también a la Virgen María, madre de Dios y madre nuestra. Ella es bendita entre todas las mujeres que quieren reflejar con su feminidad la gloria de Dios y que con la gracia de Dios llegan a ser madres, dadoras de vida y de fe. María, sin concurso de varón, dio a luz al hijo más bello nacido de los hombres, lleno de gracia y de verdad. A imitación suya, toda mujer, por obra del Espíritu, transmite la fe y el conocimiento de Dios, y en especial encarna la ternura de Dios.

A través de la oración y de la vida espiritual, las madres cristianas aprenden a sintonizar con la mente de Dios. Quizás nadie como las madres puede entender y sentir a Dios; a un Dios que es padre y madre, que tiene entrañas de misericordia. La madre cristiana trata en todo momento de sentir lo que siente Dios respecto de su esposo y de sus hijos. Está llamada a tener la mirada y el corazón de Dios: a empatizar con el ser y actuar de Dios. Éste será el primer fruto de su oración: ver a los suyos como los ve Dios; sentir por ellos lo que siente Dios; amarlos, perdonarlos, protegerlos, educarlos, acompañarlos en la vida… como lo hace Dios. Él, de manera invisible; ella, de manera visible y cercana. Las madres se convierten así, para sus esposos e hijos, en la prueba más fidedigna, más palpable, más esplendorosa de que Dios los ama, los perdona, los protege… Las madres son canales de ida y vuelta entre Dios y los suyos, bendición que desciende de Dios y bendición que asciende hasta Dios: y siempre a través de ellas, siendo siempre sacramento de Cristo, único Esposo de la Iglesia.

La Asociación trata, pues, de acompañar a las madres en el cumplimiento de su vocación y para eso las educa y acompaña de distintas maneras: presentándoles el ejemplo de santa Mónica, formándolas en la fe, asistiéndolas con los sacramentos, manteniendo su oración perseverante con la atención espiritual, orientándolas en su vida personal, familiar y social.

De esta manera, la Orden está optando pastoralmente por las madres, por la primacía de la vida en el Espíritu, por la familia, por la transmisión responsable de la vida, en fin, por la mujer. Es decir, por las prioridades pastorales de la Iglesia en la actualidad. En la consecución de estas metas las madres de familia cuentan con la gracia sacramental del matrimonio. No en vano las consideramos siempre en su condición de creyentes. Por tanto, queremos que aprovechen al máximo esa gracia específica del matrimonio. Sin ella, es absurdo exigirles el cumplimiento de sus responsabilidades como madres cristianas. Dios las ha capacitado para su misión con esa gracia sacramental. Recurrir a ella no es algo opcional sino algo obligado si realmente queremos realizar la obra que Dios espera de las madres cristianas. Sin ella no pueden cumplir su vocación.

Recordemos brevemente la gracia del sacramento del matrimonio. Cuando los novios se casan ante Dios, no se comprometen dos personas sino tres: el novio, la novia y Dios. En el matrimonio, un hombre se hace cargo ante Dios de una esposa y de los futuros hijos; y lo mismo la mujer. Dios es el más interesado en que esa voluntad mutua se cumpla. Él confirma la voluntad de los novios y se compromete con ellos para que puedan llevar a término ese proyecto común. Por parte de Dios, es imposible que ese matrimonio fracase.

Así podemos imaginar que Dios dice a la novia cuando se casa: Te encomiendo a este hombre para que sea tu marido, para que lo hagas feliz en mi nombre; yo lo he creado, lo he adornado con tantas cualidades, y quiero que sea feliz; ahora te lo encomiendo para que seas un signo de mi amor hacia él; quiero que tú seas la manifestación más clara de que yo existo y de que lo amo; de que lo amo tanto que le entrego en exclusiva tu propia persona; y que lo voy a amar a través de ti; no te preocupes por la difícil tarea que te encomiendo con toda confianza, porque yo te he capacitado para esta misión; yo te daré toda la paciencia que necesites para amarlo, para perdonarlo; así te será fácil y hasta sumamente agradable ser su mujer todos los días de tu vida; yo estoy contigo, no temas.

Entonces entendemos que el compromiso de la esposa con su esposo se funda en Dios. Por él, ella se compromete a amar siempre a su esposo, perdonándolo, devolviendo incluso bien por mal. Ella sabe que Dios ve todo lo que hace por su esposo y él le recompensará. La novia y lo mismo la madre encuentran su felicidad en amar tal como Dios se lo pide. Su dicha no depende de la correspondencia del esposo o de los hijos. Si éstos fallan, le basta la fidelidad y el amor de Dios. Repito, su felicidad no puede depender de los demás: depende sólo de sí misma y de Dios. Por tanto, la madre cristiana puede y debe vivir plenamente feliz en cualquier circunstancia que podamos imaginar, debe sentirse realizada y plena.

De esta manera la madre está llamada a ser el punto de referencia más importante para los hijos; pues a su lado, a ellos les será más fácil llegar a la madurez psicológica, emocional y existencial.

Hermanas, hay que reconocer que estas metas tan altas, sencillamente no se pueden alcanzar con nuestras propias fuerzas; sólo se pueden conseguir con la gracia de Dios. Pero, ojo, él quiere que todas ustedes logren esas metas en sus hogares. Dios se comprometió con ustedes. Él está muy interesado en que lo consigan. Para eso les entregó a sus esposos y a sus hijos: no para que los hagan sufrir y los defrauden, sino para que sean felices todos en el hogar. Digamos con san Agustín: Señor, mándame lo que quieras, y dame lo que me mandas o pides. Por eso, al final de la misa pediremos el don del Espíritu Santo para que puedan todas ustedes llevar a feliz término su vocación y no defrauden las expectativas que Dios tiene sobre ustedes y sus familias. No podemos claudicar.

Además, entendemos que en la Iglesia todos tenemos una vocación única, un lugar señalado por el mismo Dios. Todos recibimos mucho de Dios y todos debemos devolver. La Asociación trata de ayudar a las madres a ser fieles a esa vocación, para que encuentren su lugar en la Iglesia y en la familia. Sin quitar nada a nadie, reconocemos que la vocación que Dios les ha dado a ustedes, queridas madres de familia, es envidiable y decisiva para la vitalidad de la Iglesia y la salvación del mundo, sobre todo de las nuevas generaciones. Pues, ¿qué sería de la familia sin ustedes, qué sería de la parroquia si prescindimos de las mujeres, qué sería de la Iglesia si sacamos de ella a las mujeres? Alguien ha reconocido esta deuda con las madres y esposas: no las merecemos, pero las necesitamos. Por eso queremos que ustedes ocupen el puesto que Dios les ha señalado. En ello radica la felicidad de todas ustedes y la edificación de la Iglesia, se sus propias familias, así como, por supuesto, la gloria de Dios.

Estimadas hermanas, hoy en la Iglesia faltan sacerdotes y religiosos; hay una crisis grande de vocaciones no sólo de vocaciones de especial consagración sino también de padres y madres de familia. La cultura que nos envuelve, sobre todo en Europa, está marcada por el ateísmo laicista que produce un hombre sin vocación: un hombre que no se pregunta de dónde viene ni a dónde va; que no se siente en deuda con nadie, y por tanto cree que no debe dar cuenta a nadie; y vive sólo para sí mismo. En fin, no acepta que exista un proyecto sobre él, previo a su imaginación y decisión, que él debe realizar como respuesta a Alguien que existe antes que él y que está por encima de él. Esta cultura antivocacional contradice radicalmente nuestra fe.

Por eso, la Iglesia hoy nos encarga que acompañemos a cada bautizado en el camino de la búsqueda del lugar que Dios le ha señalado en la Iglesia, en la sociedad. Ésa será la primera tarea pastoral de la Iglesia en nuestro mundo. Por eso se dice que, hoy por hoy, “la vocación de toda pastoral es la pastoral vocacional”: ayudar a cada uno a encontrar su propia vocación y ayudarle a responderla de manera personal. Si eso hacemos, lograremos una Iglesia renovada en la que cada uno vivirá con alegría y dedicación su propia vocación, será un don de Dios para la Iglesia y para el mundo. El lugar que uno ocupe en la Iglesia y la función que desempeñe será algo relativo: célibe, casado, religioso, sacerdote… Lo absoluto será que se inserte como piedra viva en la construcción y funcionamiento de la única Iglesia.

Eso es precisamente, queridas hermanas, lo que busca la Asociación de Madres Cristianas: que ustedes sean en la familia y en la Iglesia piedras vivas de edificación; mujeres centradas en su vocación, creativas, armónicas, plenas y realizadas; personas felices, constructoras de familias cristianas y piezas clave en la edificación de una Iglesia renovada y de una nueva sociedad. No esperamos de ustedes nada más, pero tampoco nada menos que eso. Porque es el Señor el que las llama, el que las necesita para salvar a la familia: para que sean sal de la tierra y luz de mundo, comenzando por su propia casa; para que cuantos las vean, empezando por sus esposos e hijos, se sientan impulsados a dar gloria a Dios por lo que ven y sienten gracias a ustedes, esposas y madres. Así ustedes serán gloria y alabanza de Dios en su hogar, en la Iglesia, y en el mundo.- Amén.


ORACIÓN POR LAS ESPOSAS Y MADRES
SUGERIDA Y DIRIGIDA
DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Te damos gracias, Señor y Padre nuestro, por el don de la vida, por el don de la fe. Creemos en ti y te adoramos como fuente de toda paternidad, de toda maternidad. Pero sobre todo, te alabamos porque tú eres digno de toda bendición. Tú eres el único santo y compasivo.

Padre de bondad, mira con predilección a estas tus hijas aquí congregadas en el amor del Espíritu Santo que tú has derramado en sus corazones por medio de tu bendito Hijo Jesucristo. Son tus hijas, son tu propiedad. Tú las has traído a esta celebración porque las amas y conoces su entrega a los suyos, y su deseo de servirte cada día mejor. Ellas te dan gracias porque has confiado tanto en ellas que les has entregado sus esposos y sus hijos para que los amen como tú los amas y los cuiden con ternura. Tú les has concedido la maternidad dándoles también la capacidad de trasmitir a sus hijos la fe y tu amor. Ellas se comprometen a educar cristianamente a sus hijos. Quieren que sus esposos y sus hijos te conozcan y te glorifiquen siempre. Tú se los diste, ellas te los devuelven con generosidad y alegría. Y en eso quieren contentarse.

Tú, Señor, que no juzgas por apariencias sino que ves el corazón, sabes cómo estas hijas tuyas han tomado en serio su vocación de esposas y de madres. Te dan gracias porque han sentido tu ayuda en tantas oportunidades, sacando fuerzas de su debilidad. Y ahora te suplican que tengas misericordia de ellas y que las renueves en lo más profundo de su ser para sentir y actuar conforme a tu voluntad. Ellas quieren serte fieles: no quieren defraudarte, ni tampoco a los suyos. Por eso, abren, en este momento, su corazón y sus manos vacías para que derrames sobre ellas la fuerza del Espíritu que les capacite para la misión recibida. Ellas están en tu presencia como barro en manos del alfarero, como tierra reseca y sin agua, como leño verde que se deja transformar por el fuego… Ellas extienden sus manos a ti para que les des lo que tú sabes que más necesitan.

Por eso, Padre santo, en el nombre de tu bendito Hijo Jesús, derrama sobre ellas tu santo Espíritu. Renuévalas en lo más profundo de su ser. Ven, Espíritu Santo, padre amoroso del pobre; ven, dulce huésped del alma; ven, y enriquécelas, tú que eres espléndido en tus dones. Ven, Consolador; ven, dador de vida.

Ven, Espíritu vivificador, sobre estas esposas y madres para que sean un signo, un sacramento de tu amor y tu ternura en sus familias, en sus hogares. Que sus esposos y sus hijos puedan verte en ellas: que puedan conocerte a través de ellas, que experimenten así tu amor, tu bondad y tu cuidado, Padre de bondad, sobre sus hogares. Que ellas sean en verdad la prueba de que tú vives y de que tú bendices sus hogares y proteges a sus hijos. Hazlas sacramento del amor de Cristo que amó a la Iglesia hasta dar la vida por ella; que sean sacramento de ese amor incondicional en el hogar y en la familia, en la Iglesia y en el mundo. Que cuantos las traten puedan darte gracias por los dones que tú derramas sobre ellas.

Por su parte, estas tus hijas renuevan ante ti, Padre bueno, su deseo de ser fieles a esta maravillosa vocación para la que tú las has llamado. No las merecemos, pero las necesitamos, Señor. Hágase en ellas según tu voluntad, aceptamos tus designios sobre cada persona, y en concreto sobre estas tus hijas, esposas y madres cristianas. Para alabanza de tu infinita sabiduría. Pues tú quieres que sus hogares sean, nada más pero tampoco nada menos, que la antesala y anticipación del cielo.

Gracias, Señor, por concedernos hacer esta oración enviándonos tu santo Espíritu. Sabemos que tú eres poderoso para ir más allá de nuestros pen-samientos y acciones. Todo lo depositamos en tus manos. Sabemos que tu Palabra ha sido invocada sobre nosotros. Estas hijas tuyas te agradecen la renovación de su fe, y vuelven a sus hogares, gozosas y reconfortadas con tu bendición y tu gracia. Contentas por formar parte de tu familia, de tu santa Iglesia, y dispuestas a cumplir con alegría y generosidad su maravillosa vocación, para gloria tuya y felicidad de los suyos. Gracias por lo que has hecho en nosotros en esta celebración, gracias por lo que haces y por lo que harás en estas hijas tus hijas y en todos y cada uno de nosotros. Dios sea bendito. Amén.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, como era en el principio ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Santa María, Madre de la Consolación, ruega por nosotros.

11 de octubre de 2009

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