Saludo del P. Ismael Ojeda, y Lectio Divina para el Domingo XX del Tiempo Ordinario, Ciclo A


Estimadas Madres Cristianas Santa Mónica de Venezuela:

Las saludo para decirles que mi futura comunidad es la Parroquia de Santa Rita de Lima, Perú. A la vez les envío en documento adjunto la lectio divina de este domingo.

Gracias por sus oraciones. Un abrazo, p. Ismael




DOMINGO 2O del TIEMPO ORDINARIO

Lectura Orante del Evangelio



Paso 1. Disponerse: Abre tu Biblia y tu corazón a la escucha del Señor. Piénsalo: El Señor habla en la Palabra, porque nos ama. Todos encontramos tiempo para lo que queremos. Pide al Espíritu el deseo de conocer más a Jesús en esta Palabra. Conocer y sentir vivamente su cercanía para poder hablar con él como se habla con un amigo.

Domingo 2O del Tiempo Ordinario, Ciclo A. Mt 15, 21-28


Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». Él les contestó: «Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel». Ella se acercó y se postró ante él diciendo: «Señor, ayúdame». Él le contestó: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».


Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

En aquel momento quedó curada su hija.

Contexto de esta lectura: Jesús es perseguido por las autoridades judías; él huye, llega hasta la frontera, y pisa tierra extranjera; para mayor seguridad, Jesús quiere pasar desapercibido entre la gente, en descampado y en la ciudad. Y en esas circunstancias una mujer extranjera lo reconoce como hijo de David y le clama desde su necesidad.


Paso 2. Leer: No dejes de hacer pausas de silencio durante la lectura que relata el encuentro de esa mujer con Jesús. ¿Qué sabes de las normas religiosas que impedían atender a esta mujer? ¿Qué ocurre entre Jesús y esta mujer extranjera?

Paso 3. Escuchar: Para escuchar al Señor hay que abrir los oídos del corazón. ¿Cómo te suenan el dolor y los gritos de esta madre de su hija enferma? ¿Qué hace que Jesús le atienda? Trata de imaginar el proceso y la secuencia de los sentimientos del corazón bondadoso de Jesús hacia esta mujer incómoda, necesitada y persistente.

Paso 4. Orar: Responde al Señor lo que esta lectura te hace decirle. ¿Qué te enseña esta mujer para tu forma de orar? ¿Qué significa para ti "que se cumpla lo que deseas"?

Paso 5. Vivir: ¿Qué tiene que ver tu vida con lo que lees en este texto? Busca obedecer la voz del Señor. ¿Qué te enseña el hecho de que la fe en el poder de Jesús mueve a esta mujer más allá de lo establecido?

NOTA 1: San Agustín era un gran admirador de la Cananea. Aquella mujer le recordaba a su madre, Mónica. También ella había seguido al Señor durante años, pidiéndole la conversión de su hijo. No se había desalentado por ningún rechazo. Había seguido al hijo hasta Italia, hasta Milán, hasta que vio que regresaba al Señor.

En uno de sus discursos, recuerda las palabras de Cristo: "Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; tocad y se os abrirá", y termina diciendo: "Así hizo la Cananea: pidió, buscó, tocó a la puerta y recibió". Hagamos nosotros también lo mismo y también se nos abrirá (Comentario del P. Raniero Cantalamessa).


NOTA 2: ¿Has reparado en la fuerte identificación de la “madre” Cananea con su “hija” enferma? Tan asumida tiene la debilidad y la necesidad de su hija que no le dice a Jesús: “Sánala a ella, mira su enfermedad y su situación desesperada”. No. Le dice: “Socórreme”.

Es decir, la suerte de su hija es su propia suerte de madre, la curación es la propia curación de la madre. Está la Cananea tan identificada con su hija que no son, diríamos, dos personas, sino una misma por el amor, por la solidaridad, por el amor entrañable y la compasión maternal e incondicional: en el plan de Dios, creador del bien, dador de vida.

Pareciera que Jesús entiende esa solidaridad “visceral”, existencial, entrañable (de entrañas). ¿Por qué? Pues porque el amor de Dios hacia nosotros y concretamente hacia esa hija enferma, que tiene un espíritu muy malo, se parece mucho al amor de esa madre Cananea, aunque el amor divino supere infinitamente al amor humano.

Jesús es vencido y convencido por el amor de esa madre Cananea porque ésta se ha puesto en la línea y el sentimiento compasivo del mismo Dios. Hasta cierto punto, diríamos que a Jesús le da vergüenza el solo pensar que él corría el riesgo de amar a esa niña con menor intensidad y ternura que su propia madre.

Parece que Jesús va por detrás del amor maternal de la Cananea, que es llevado como a regañadientes, y que le gusta poner a prueba la fe de la Cananea, no para desanimarla, sino para estimular el amor y el atrevimiento de la madre, mujer de fe y en sintonía con Dios, el único compasivo con todos, fuente de vida.

Por eso, quizás, Jesús no manda al demonio salir, sino que coloca la curación y el milagro y el mismo poder de Dios a la altura de la fe de la madre, probada, estimulada y crecida en el diálogo y en la dinámica espiritual del encuentro inefable con Jesús, el profeta de Dios, poderoso en hecho y palabras: Que se cumpla como has creído, que te suceda como deseas, porque grande es tu fe basada en el amor a su hija y a Dios (parecida al amor de Dios)

Podemos preguntarnos: ¿Mi oración es solidaria: me coloco en la necesidad de los demás, hablo y pido sintiendo en carne propia lo que los otros sienten? ¿Hasta qué punto me implico en las peticiones por los demás y pido que sucedan “cosas”, que haya cambios reales y significativos, no cualquier cosa, de tal manera que si no sucede nada, no pasa nada? ¿Asumo el dolor de los enfermos, siento las cosas de la Iglesia, asumo los problemas de los demás, me dejo impactar por ellos? ¿O sólo pido “cosas” para los demás, algo externo y lejano para mí?

Es decir, puedo decir en la oración, como la Cananea, cuando pienso en el próximo, en la Iglesia, en los hijos: “Señor, socórreme, a mí”. No se trata de ellos, se trata de mí. En ese “mí” quiero que esté incluido, entrañablemente vinculado, todo lo que veo, siento, me afecta… Todo lo que deseo y pido para los demás, quiero que esté a la altura de lo que Dios ha deseado y ha dispuesto para los demás con toda ilusión. Amén.


17 de agosto de 2014

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