Conmemoración de los Fieles Difuntos - 2 de noviembre de 2009


Mensaje del padre Ismael Ojeda, asesor provincial de las Madres Cristianas Santa Mónica, con motivo de la Conmemoración de los Fieles Difuntos
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Estimadas Madres Cristianas Santa Mónica:
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Mi saludo para todas ustedes con los mejores deseos de bien y bendición en medio de sus hogares.

La próxima conmemoración de los Fieles Difuntos me ofrece la oportunidad de enviarles las vivencias de san Agustín en la muerte de su madre santa Mónica. En el libro noveno de Las Confesiones nos ha dejado escritos sus sentimientos al recordar a sus padres ya difuntos. Me parece que a todos nos puede ayudar su testimonio.
Recordemos brevemente el contexto donde acontece la muerte de santa Mónica. Agustín fue un hijo inquieto y que, por diversos motivos, aplazó el bautismo y su conversión a la religión católica hasta sus 32 años. Su madre Mónica nunca se resignó a perder a su hijo, y siempre quiso verlo bautizado católico.
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Agustín estaba triunfando en la vida y quiso llegar hasta la misma corte imperial como profesor. Abandonó África y huyó furtivamente de la presencia providente de su madre. Mónica no se resignó, y lo siguió por mar hasta encontrarlo en Italia. El arzobispo de Milán san Ambrosio influyó de manera positiva en la conversión de Agustín y fue quien lo bautizó en la religión católica. Mónica no cabía de contenta, porque, al fin, podía ver a su hijo bautizado, convertido, y a la vez, deseoso de consagrarse a Dios como monje.
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Ahora, Agustín quería regresarse a la patria, y fundar un monasterio en su ciudad natal. Junto con su madre, su hijo y sus amigos se pone en camino hacia el puerto de Ostia para embarcarse rumbo al África. Pero Mónica no pudo embarcar, porque mientras esperaban la fecha del viaje, Dios la llamó a su presencia.

Veamos lo que escribe san Agustín en el libro de sus Confesiones:

No voy a contar sus gracias personales, las de Mónica, sino la gracia de Dios en ella... porque fue Dios quien la creó y la educó en el temor de Dios, honesta y sobriamente. Al final de su vida consiguió ganar para Dios a mi padre. Era, además, servicial con todo el mundo y cualquiera que la conocía, daba gracias a Dios, y por ella le honraban y amaban porque se advertía la presencia de Dios en su corazón, manifestada por los frutos de su santa vida. Había sido mujer de un solo varón, había honrado a sus padres, había llevado la casa con todo cuidado; tenía muchos testigos de estas buenas obras. Había educado a sus hijos, volviéndolos a dar a luz con su dolor tantas veces, cuantas les veía apartarse de Dios. Cuidó de todos los que vivíamos juntos después de recibir el bautismo como si fuera la madre de todos, y nos sirvió como si fuese hija de cada uno de nosotros.

Mientras esperaban barco en Ostia pasaron días felices madre e hijo, porque ahora, por encima de los lazos de carne y sangre, les unía el amor de Dios. Precisamente, ahí cuenta san Agustín que ambos tuvieron una experiencia extraordinaria, una especie de éxtasis, que levantó sus almas juntas hasta el mismo cielo, y que les permitió saborear qué bueno es el Señor en todos sus designios. En el transcurso de esta experiencia mística, dice san Agustín que su madre le confió este pensamiento:

En lo que a mí respecta, hijo mío, ya no deseo nada de esta vida, no tengo nada que hacer aquí, ni sé para qué sigo viviendo, no espero ya nada de este mundo. Había una cosa por la que deseaba vivir un poco más de tiempo, y era verte cristiano católico antes de morir. Dios ya me ha concedido eso, e incluso más de lo que yo pensaba, pues te veo ya alejado de las pobres satisfacciones mundanas y sirviendo al único Dios; ¿qué hago yo aquí?

Agustín, años después no recordaba qué respondió a aquellas entrañables palabras de la madre, pero cualquier corazón de hijo puede adivinarlo. Mónica no había hablado por casualidad: la mujer hacendosa y próvida, entregada a la tarea doméstica y familiar sentía acercarse el domingo del descanso. Cinco o seis días después de aquel coloquio y de aquel éxtasis, cayó en cama con fiebre y no se levantó ya.

Un día la calentura de la enfermedad fue tan grande que perdió el conocimiento. Acudieron los hijos, volvió en sí y miró alrededor, como buscando algo que un momento antes veía y ya no lograba distinguir con claridad. Entonces preguntó dónde se encontraba. Y al ver el angustioso estupor de los hijos, añadió: Enterrad aquí a vuestra madre.

Cuenta Agustín que él guardaba silencio y contenía las lágrimas; su hermano se atrevió a balbucir algo comunicándole a la madre la intención de los hijos de hacerla enterrar en su casa y no en el extranjero. Ella al oírle, con la angustia reflejada en su cara, le echó una mirada de reproche por decir eso. Me miró después a mí, confiesa Agustín, y me dijo:

Enterrad este cuerpo en cualquier parte, no quiero que os preocupéis por eso, solamente os pido que os acordéis de mí ante el altar de Dios en cualquier sitio que estéis.

Después de esta frase que apenas pudo decir, se calló; luego se agravó su enfermedad y aumentaron sus dolores. Es conveniente recordar que Mónica había adquirido una sepultura para ser enterrada junto a su esposo en su pueblo natal, Tagaste. Sin embargo, a estas alturas de la vida, aquel deseo no la inquietaba, de manera que no le importaba morir y ser enterrada lejos de su patria, tal como lo había confesado a su hijo Agustín pocos días antes de su muerte: Para Dios no hay distancias. No hay miedo de que en el fin del mundo no sepa el lugar donde estoy para resucitarme.

Agustín narra la muerte de su madre así: Al noveno día de su enfermedad, a los cincuenta y seis años de edad y treinta y tres de la mía, aquella alma fiel y piadosa quedó liberada de su cuerpo.

Prosigue Agustín: A la par que le cerraba los ojos, una tristeza inmensa se agolpaba en mi corazón e iba resolviéndose en lágrimas. Simultáneamente, mis ojos, ante la orden tajante de mi espíritu, reabsorbían su fuente hasta secarla. Era una lucha que me hacía mucho mal. Lo que había en mí como propio de niño y que se resolvía en llanto, quedaba reprimido por la voz adulta, por la voz de la mente.

Pensábamos, dice, que no era conveniente celebrar aquel funeral entre lamentos, lágrimas y gemidos, porque con tales extremos se deplora de ordinario cierta especie de miseria de los que mueren, algo así como su extinción total. Pero ella no se moría miserablemente ni moría totalmente. Estábamos plenamente seguros de ello por el testimonio de sus costumbres y por su fe no fingida, que son la mayor garantía de seguridad.

Pero entonces, se pregunta, ¿qué era lo que tanto me dolía interiormente, sino la herida reciente provocada por el repentino desgarro de aquella costumbre tan dulce y tan querida de la convivencia familiar? Es cierto que me sentía conformado con el testimonio que me había brindado durante su última enfermedad: como respuesta cariñosa a mis atenciones por ella, me llamaba piadoso y delicado. Con grandes muestras de cariño, recordaba que nunca había oído de mis labios la menor pulla o expresión dura ni ofensiva contra ella.

Prosigue Agustín con tenor de oración: Pero, Dios mío, que nos has creado, ¿qué era este respeto y honor que yo le había guardado en comparación de la esclavitud a que ella se había sometido como madre cristiana por mí? Por eso, al verme despojado de aquel gran consuelo que su persona me proporcionaba, sentía el alma herida y mi vida casi despedazada. Esta vida que había llegado a ser una sola con la suya.

Después de calmar el llanto del niño, Evodio tomó el salterio y entonó un salmo. Todos los de la casa le respondían: “Voy a cantar tu bondad y tu justicia, Señor”.

Una gran pena invadió a los familiares de santa Mónica mientras preparaban los funerales y recibían el pésame de amigos y personas piadosas y compasivas. Agustín no lloró durante las oraciones y el entierro. Toda la jornada, dice, me invadió una profunda tristeza interior. Pensé incluso en ir a darme un baño... Pero tras el baño me encontré como antes. Sin embargo, poco después logré conciliar el sueño. Al despertar, noté que el dolor estaba parcialmente mitigado.
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Y luego volví poco a poco a mis pensamientos de antes, centrados en tu sierva, Señor mío, y en su actitud humilde y piadosa frente a ti, a la vez que santamente blanda y cariñosa con nosotros, y de la cual me había visto privado de repente. Entonces sentí ganas de llorar en tu presencia sobre ella y por ella, sobre mí y por mí. Y di rienda suelta a mis lágrimas reprimidas para que corriesen a placer, poniéndolas como un lecho a disposición del corazón. Éste halló descanso en las lágrimas. Porque allí estabas tú, Dios mío, para escuchar, no un hombre cualquiera que hubiera interpretado desconsideradamente mi llanto.

Ahora, Señor, te confieso todo esto en estas páginas. Que las lea el que quiera y que las interprete como quiera. Y si estima debilidad o incluso pecado el que yo haya llorado durante una hora escasa a mi madre de cuerpo presente, mientras ella me había llorado durante tantos años para que yo viviese ante tus ojos, que no se ría. Al contrario, si tiene una gran caridad, que llore también él por mis pecados en presencia tuya, Padre de todos los hermanos de tu Cristo.

Así pues, prosigue Agustín rezando, Dios de mi vida, dejando a un lado por un momento las buenas obras de mi madre, yo te ruego ahora por sus debilidades y pecados. Escúchame en nombre del médico de nuestras heridas que pendió del madero de la cruz y que, sentado a tu derecha, intercede por nosotros. Sé que ella fue misericordiosa en sus acciones, que perdonó de corazón las deudas a sus propios deudores. Perdónale tú también las suyas, si es que contrajo alguna durante los largos años transcurridos después de recibir el agua del bautismo. Perdónala, Señor, perdónala, te ruego. No entres en juicio con ella. Triunfe la misericordia sobre la justicia, porque tus palabras son verdaderas y prometiste misericordia a los misericordiosos.

Creo, Señor, que ya has hecho lo que te pido para ella, pero aprueba los deseos de mi boca. Descanse, pues, en paz con su marido, antes del cual y después del cual no tuvo otro. A él sirvió ofreciéndote el fruto de su paciencia, a fin de conquistarle para ti. Inspira, Señor y Dios mío, a todos cuantos lean estas palabras que se acuerden ante tu altar de Mónica, tu sierva, y de Patricio, en otro tiempo su marido, mediante cuya carne me introdujiste en esta vida no sé cómo.

Que se acuerden con sentimientos piadosos de los que fueron mis padres en esta luz pasajera, y hermanos míos que te tienen como Padre dentro del seno de la Madre Iglesia, conciudadanos míos en la Jerusalén eterna, por la que suspira tu pueblo durante su peregrinación, para que lo que mi madre me pidió en el último instante quede ampliamente satisfecho en las oraciones de muchos, provocadas por estas mis confesiones y por mis oraciones personales.

Hasta aquí, estimadas hermanas, el testimonio admirable de san Agustín: un hijo que supo descubrir la mano de Dios en el cuidado amoroso y fiel de sus padres, Mónica y Patricio. Como hijo bien nacido supo agradecerles la vida y la fe que le dieron, y nos dejó por escrito su experiencia para nuestro provecho, ejemplo y edificación.

Sólo me resta agradecerles su atención asegurándoles mi sincera y sentida oración por sus necesidades como esposas y madres cristianas. Que Dios las bendiga siempre.- Amén

P. Ismael Ojeda Lozano
Madrid, 30 de octubre de 2009
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Imagen: Entierro de Santa Mónica. Detalle del sepulcro de San Agustín en Pavia, Italia. Tomada de http://www.agustinosrecoletos.org/.
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